Más hermoso.

24 08 2008

Llegó el momento, ya estoy contigo. Entra, aquí estaremos más tranquilos. Ven, hablemos antes un rato para que vayas perdiendo el miedo. Si quieres, vete quitando la ropa al tiempo. Luego túmbate aquí, ya verás qué lugar más cómodo. Y sobre todo no te preocupes. Tú sólo has de dejarme hacer. Pero relájate, esto vamos a tomárnoslo con calma. Hoy ya no habrá nadie más, estamos solos. Me dijiste por teléfono que lo deseabas hace tiempo. Sé que es normal que ahora tengas dudas. Pero ya sabes que no es definitivo, que puedo parar en cuanto me pidas que lo haga. Aunque he de decirte que mejor llegamos hasta el final, ahora que te has decidido. También sé que has estado informándote sobre mí, que te han dicho que soy una persona seria y responsable, profesional y competente, que me tomo estas primeras veces muy en serio. Si te vas a sentir mejor, puedo poner un poco de música suave, aunque no rebajar las luces. No es tanto cuestión de intimidad como de confianza. Porque has de confiar en mí, eso es importante. Pues cuando quieras empezamos. Un poco de loción refrescante para rebajar la tensión, te la unto con mucha delicadeza al tiempo que te doy un ligero masaje. ¿Mejor? ¿Te va gustando? Si te encuentras más a gusto, puedes cerrar los ojos, a mí no me molesta. Sólo irás notando sensaciones nuevas, algunas más agradables que otras, pero te puedo asegurar que aquí lo que realmente importa es el resultado. Ahora sentirás un poco de calor, no demasiado. Que irá subiendo la intensidad, porque ya debes saber que si esto no está caliente no funciona. Puedes irme diciendo lo que vas notando, algunas veces ayuda el tener que buscar las palabras exactas. Esto posiblemente te va a doler un poco, pero es sólo un instante. Ya sabes, piensa en el resultado y parecerán más llevaderas las molestias. En que vas a salir de aquí sintiéndote una persona diferente. Procura estirar bien las piernas, aunque sin forzar demasiado y sin presionar. Eso es, lo estás haciendo muy bien. Cuando yo te diga las doblas, para que me pueda situar más cómodamente. ¿Cosquillas? bueno, en algún momento puede parecer como si te estuviera haciendo cosquillas. Ya ves, es más agradable si vamos hablando al tiempo. Así también nos conocemos un poco, porque seguro que volvemos a vernos. Va bien ¿verdad? No era exactamente como te lo habías imaginado, suele pasar. Ahora que ya casi hemos terminado, date la vuelta, que vamos a hacerlo por detrás, que también es importante. Aunque he de reconocer que resulta un poco más molesto. Sólo un poco, no te vayas asustando antes de tiempo. Después volveré a untarte con la misma loción de antes. Y te daré otro masaje. Ya verás, te olvidarás enseguida del mal rato y no te importará tener que repetir otro día. Poco a poco irás perdiendo el miedo. Comprobarás los cambios en cuanto te vistas y después, ya en casa, al mirarte en el espejo. Y es que, ya te lo había dicho, no siempre es cierto lo que dicen los refranes. Porque ahora que te los he quitado todos vuelvo a comprobar con satisfacción que el hombre, a diferencia del oso, no por tener más pelo en el cuerpo es más hermoso.





La lista.

9 08 2008

– Los uniformes
– Los delantales
– Los chandals
– Los zapatos y los calcetines negros
– Las deportivas y los calcetines blancos
– Las mochilas
– Las libretas
– Los lapiceros y las gomas de borrar
– Las plastilinas
– Y cualquier otra cosa que se te ocurra

¡¡¡¡¡OJO!!!!! Dejar esta lista en lugar bien visible

Pero qué se había creído don ingeniero ocupado. El que se hubiese acordado de hacer la lista y colgarla allí, bien sujeta en la puerta de la nevera para que yo no dejase de verla en cuanto me levantara, no suponía excusa suficiente para salir de casa tan temprano, sin aviso de regresar en cualquier momento para que ese primer día de compras de todo el material necesario no tuviese que hacerlo yo sola, cargando, además, con las gemelas.

Había irrumpido setiembre en el calendario y era algo que ya habíamos hablado. Las necesidades prioritarias tenían que haber cambiado esa semana, después de un largo año sin  apenas compartir ni la cama, sin vacaciones fuera de casa y con la perspectiva de los primeros días de colegio. Pero por lo visto las malditas partículas iban a seguir siendo algún tiempo el motivo principal de nuestras desavenencias. Esta vez no podía consentir que su importante y complicado trabajo interfiriera de tal manera en la sencilla y rutinaria vida que yo me había propuesto llevar, después de estos cuatro años de haber consentido ser parte integrante en todos sus proyectos.

Las gemelas habían sido el resultado de su afán de involucrarse en el despegue de la empresa. Él, que había llegado hasta allí como un investigador sin apenas experiencia, después de años y años abrillantando sillones de cuero en el ministerio, debió considerar que, para ganarse la confianza de los que en esos momentos eran sus jefes, había que hacer algo rotundo. Y ese algo que a él acabaría dándole el poder tuvo que estar relacionado conmigo. Se le ocurrió, actuando en singular aunque era cosa de los dos, que para integrarse de la manera más expresa, nosotros debíamos ser los primeros en someternos a las nuevas técnicas de reproducción asistida con las que querían abrir hueco en el mercado. ¡Cuando nuestro chico ya había cumplido los veinte años! Así llegaron Cloe y Cleo. Después fueron los perros, lo gatos y los canarios, en un nuevo y teóricamente arrasador experimento de los laboratorios, todos idénticos, bien estructurados y perfectos, como diseñados a la luz de los más sofisticados microscopios. Primero con las niñas y luego con los animales domésticos nos fuimos quedando sin sitio, por lo que apenas si fui capaz de articular algún reproche cuando llegó el primero de los sustanciosos cheques para ser cobrado en el banco que más nos conviniera. Cambiamos el pequeño piso casi en el centro por un adosado en una de esas colonias que empezaban a proliferar en los arrabales. Aunque desde fuera pareciese que subíamos a un tiempo más de un escalón, lo cierto fue que para mí supuso el primer paso de ese descenso para el que todavía no he encontrado freno.

Un poco más tarde vinieron las violetas africanas surgidas de la nada, que ahora que disponíamos de sitio también nos endosaron para que adornaran el alféizar de cada una de nuestras ventanas. Y las papillas infantiles a las que les añadían no sé qué compuesto de vitaminas para investigar nuevas fuentes de alimentos. Y los pañales, más que desechables, autodestructivos. Y el pan, que no era tal pan pero al que así llamábamos cuando salía, a diario, a nuestra poco concurrida mesa… En algún momento sería preciso decir basta.

Ahora que veía la lista del material que esa misma mañana, sola y con las gemelas a cuestas, tendría que ir a comprar a los grandes almacenes, supe que era el indicado. Porque por mucho que me prometiera que no iban a afectarnos, por grande que fuera esta vez el cheque que podríamos ingresar en nuestra ya abultada cuenta, por mucho que me prometiera que teniéndolas en casa podría pasar más tiempo con nosotras, no estaba dispuesta a consentirlo. Acababa de decidirme. Y ya podía ponerse pesado. Ni una de esas hadronas, partículas acaparadoras de su atención, su cariño y su tiempo, iba a acelerarse entrecruzándose por los pasillos hasta colisionar, en esta casa.





Interior, noche.

3 08 2008

El ronroneo de los enormes ventiladores de techo no me permitía dormir. Ya estaba agotado cuando, bien entrada la noche y después de un largo viaje por etapas, llegué al fin al refugio en el que el vigilante me esperaba despierto para indicarme cuál iba a ser mi cama en los próximos días. Justo los que durase aquella investigación para la que me habían contratado por e-mail dos semanas y media antes. No me dio opción ni a sacar el neceser del petate. Había que acostarse enseguida, porque la mañana se nos echaba encima y mi tiempo era demasiado valioso como para desperdiciarlo durmiendo mientras el sol iluminara el terreno en el que me pondría a trabajar en unas pocas horas, cuando hubiese la suficiente luz como para distinguir algo. Las pequeñas ventanas en lo alto, que desde el exterior había visto cubiertas con mosquiteras, no dejaban que se colase ni la más ligera brisa. Tampoco hubiese servido para refrescar el ambiente, situado como estaba el refugio en una de las zonas más húmedas de la isla. Ni el cansancio extremo ni el calor sofocante eran los mejores compañeros de sueño en aquel momento, así que, quedándome lo más quieto posible, me mantuve en posición supina con los ojos muy abiertos, intentando justificar ante mi propio malestar por qué había decidido -después de varios días en los que ni siquiera me detuve a estudiar la proposición- aceptar aquel encargo. En el exterior empezaba a clarear y casi podía distinguir las formas de los bultos que descansaban en las otras literas. Ocho, quizá diez,aunque no todas ocupadas. La mía quedaba en un rincón desde el que se podía ver la puerta de entraba al pabellón en el que los dueños de la casa debían alojar a los invitados en realidad no deseados. Me preguntaba quiénes serían mis compañeros de habitación y cómo, cuándo y para qué habrían llegado hasta allí. Por fortuna el tacto de las sábanas, que al parecer yo estrenaba porque podía distinguir debajo de mi cuerpo desnudo los pliegues del algodón que todavía no ha sido lavado, resultaba, si no fresco, al menos agradable. La luna llena, que desde el helicóptero en el que hice la última parte del viaje parecía tan hermosa y prometedora, iluminaba lo suficiente el recinto como para que, ahora que mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad que debía reinar en una habitación en la que le gente duerme, pudiese ver con claridad algunos detalles. No había nadie a mi izquierda, aunque sí escuchaba una respiración acompasada un poco más allá. Un roce de sábanas y el resplandor de los enormes números rojos de un despertador digital me hicieron dirigir la mirada al frente, hacia una cama ocupada sobre la que alguien se movía. Aunque en un principio -cuando entré en silencio y a oscuras en el pabellón- me pareció que todos dormían plácidamente, ya me estaba dando cuenta de que había alguien más que se mantenía despierto. No sabía si ponerme unos calzonzillos y levantarme, porque entonces resultaría demasiado evidente que me había acostado desnudo, con lo que podría provocar -ya desde la primera noche- algún malestar entre aquellas personas que no conocía. Quizá había sido un error querer comportarme como en casa. Que ya empezaba a añorar. De repente me entraron las prisas por que amaneciese. Repasé mentalmente lo poco que sabía en realidad del caso mientras mis ojos, incapaces de mantenerse cerrados, intentaban hacerse una idea más exacta del habitáculo en el que por momentos me daba la impresión de que nos habían encerrado. Los contornos de los muebles iban perfilándose y descubrí con asombro que nos habían instalado en lo que parecía ser el salón exquisitamente amueblado de una casa de campo. Los enormes sillones arrinconados, las macizas estanterías en las que se distinguían algunas figuras tribales en los pocos espacios no ocupados por libros, los cestos con flores secas que todavía aromatizaban la estancia, la gran chimenea que en invierno proporcionaría el mejor de los fuegos… La incertidumbre ya no me abandonaría. Mis obsesiones, la necesidad de descubrir cualquier misterio que se me pusiera por delante, había sido precisamente el motivo por el que aquellos sujetos habían insistido en contratar mis servicios de investigación. Y ya estaba metido de lleno en una de ellas. Ahora que había llegado hasta allí y mi imaginación comenzaba a desbordarse acerca de la verdadera personalidad de mis compañeros de cuarto, sólo confiaba en que la solución al enigma no estuviese -como en la mayoría de las clásicas novelas policíacas que solía leer cuando era más joven en los autobuses- en las manos del mayordomo obviamente malvado.